Qué dice un hombre cuando va a morir: Salvador Allende

Hay documentos históricos que impresionan, sea cual sea el balance que se haga de la gestión política de su responsable. Éste es caso del último discurso que pronunció Salvador Allende, el presidente de Chile que fue derrocado por el golpe de Estado del general Augusto Pinochet, emitido por Radio Magallanes el 11 de septiembre de 1973.

Sitiado en el Palacio de Moneda y decidido ya a suicidarse, resume en poco más de seis minutos lo que considera que debe ser su legado. Acostumbrados a intervenciones prefabricadas con poca sustancia, tropezar con una intervención con tan marcado carácter emocional, impresiona.

Los aspectos más destacados respecto al contenido son el uso de las metáforas y alusiones poéticas, la proliferación de ejemplos domésticos y sencillos para definir y describir a colectivos y situaciones; y la esperanza en el futuro, especialmente significativa teniendo en cuenta la situación de su protagonista y sus partidarios.

“La historia es nuestra y la hacen los pueblos”

Últimas horas de Salvador Allende en el Palacio de la MonedaDesde un punto de vista técnico, la intervención empieza con una contextualización de la situación extrema en la que se está pronunciando el discurso: “Seguramente esta será la última oportunidad en que pueda dirigirme a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Postales y Radio Corporación. Mis palabras no tienen amargura sino decepción”.

A continuación, señala a los culpables, entre los que falta Pinochet, jefe del ejercito por designación del propio Allende y sobre el que el presidente desconocía su implicación en el golpe. Ironía cruel de la vida.

La conclusión de esta primera parte de la intervención se concreta en una frase: “¡Yo no voy a renunciar!”, destinada a “los trabajadores”, su público electoral clave. El dramatismo de las pausas que jalonan esta afirmación refuerzan la idea y, desde un punto de vista personal, es el reconocimiento por parte de Allende de su voluntad de quitarse la vida antes de ser capturado.

La presencia de las pausas es muy significativa a lo largo de toda la intervención por motivos oratorios, pero también físicos, fruto de la tensión del momento. Acto seguido extiende el mensaje: “Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que hemos entregado a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza”.

El sonido de detonaciones que se aprecia de fondo en el momento de anunciar implícitamente su suicidio (“pagaré con mi vida”) suma dramatismo al momento, si es que la propia alocución no tenía ya bastante fuerza.

El bloque se cierra con otra frase breve, concreta y contundente: “La historia es nuestra y la hacen los pueblos”, confiriendo trascendencia a la conclusión. El tiempo destinado a esta parte es de dos minutos, un tercio del total de la intervención.

Reparto de papeles

El siguiente bloque es una serie de despedidas a su base electoral, los trabajadores. Les ofrece una interpretación ideológica de la situación, fijando un reparto de papeles: señala las víctimas (entre las que cuenta al general Schneider, asesinado en atentado terrorista por su lealtad constitucional tras la victoria del Frente Popular que comandaba Allende) y ofrece una interesante imagen doméstica de los culpables: “el mismo sector social que hoy estará en sus casas esperando con mano ajena reconquistar el poder para seguir defendiendo sus granjerías y sus privilegios”.

El contraste doméstico se amplía a los partidarios, empezando por el voto femenino: “la modesta mujer de nuestra tierra, a la campesina que creyó en nosotros, a la abuela que trabajó más, a la madre que supo de nuestra preocupación por los niños”; la clase media urbana: “los profesionales de la Patria, a los profesionales patriotas que siguieron trabajando contra la sedición auspiciada por los colegios profesionales”; los jóvenes: “a aquellos que cantaron y entregaron su alegría y su espíritu de lucha”; y el resto de sectores de forma mucho más general: “al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos”.

Salvador Allende al teléfonoActo seguido vuelve a señalar al enemigo, definido de forma específica por sus acciones: “el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente; en los atentados terroristas, volando los puentes, cortando las vías férreas, destruyendo los oleoductos y los gaseoductos, frente al silencio de quienes tenían la obligación de proceder”. A modo de conclusión pronuncia su sentencia: “Estaban comprometidos. La historia los juzgará”.

Esta sección dura dos minutos y medio y, aunque se produce de forma trabajosa, es la más fluida y afectiva de todo el discurso.

Confianza en el futuro

La recta final del discurso está centrada en la trascendencia. Allende es consciente de que está haciendo Historia y busca estar a la altura, introduciendo un matiz poético, coherente con sus discursos anteriores. No hay que olvidar que Salvador Allende, médico especializado en salud mental, era lo que comúnmente denominamos un hombre culto, lo que significaba a mediados del siglo XX en un país como Chile contar con un bagaje sobre las artes que enriqueciera los propios conocimientos técnicos.

En esta sección, refleja su condición del hombre acorralado, pero utiliza la metáfora de la voz para definir su legado y describirse para la Historia: “el metal tranquilo de mi voz ya no llegará a ustedes. No importa. La seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal con la Patria”.

Palacio de la Moneda ardiendo. Chile

A continuación, pasa el testigo a los supervivientes, a los que anima a la subversión, pero no al suicidio: “el metal tranquilo de mi voz ya no llegará a ustedes. No importa. La seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal con la Patria”.

Las despedidas se ven acompañadas de un mensaje de esperanza, enriquecido también con un vertiente poética: “Trabajadores de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris (el uniforme del ejercito chileno es de ese color) y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor”.

Conclusión y desahogo

El discurso podría terminar con las proclamas formales de corte nacionalista y de izquierdas con las que solía acabar sus discursos: “¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!”, pero apostilla su intervención con una última frase, demasiado larga desde un punto de vista técnico, a modo de desahogo: “Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición”.

Uno no puede dejar de pensar en los actuales líderes políticos y plantearse hasta que punto estarían dispuestos a dar su vida por sus ideas. Es cierto que no tuvo más remedio, pero eso no quita la conciencia que demuestra Allende de estar haciendo Historia de su país, de su Patria, una palabra que en este caso adquiere toda su trascendencia.

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Acerca de AlvaroMohorte

Asesor de Comunicación con amplia experiencia en comunicación corporativa e institucional. Entre sus trabajos destaca la formación de portavoces empresariales, políticos y de entidades financieras relevantes en el ámbito de la Comunitat Valenciana.
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